Inicio del Blog

Posted in Varios on julio 4, 2009 by ultimatejuggernaut

¿Que hay aqui?

Relatos de horror, cuentos de terror, libros de fantasía, consejos para escribir y publicar tus propios cuentos o novelas en la web

Este momento crucial marca el inicio de una nueva etapa, mi vida como escritor ha dado un giro inesperado al abrir el blog del umlaut. En este infinitesimalmente pequeño espacio no solo colocare mi propio trabajo literario sino tambien colocare los trabajos de los grandes maestros: Howard Philips Lovecraft, Ray Bradbury o Stephen King, aunque tambien compartire mis experiencias como novel escritor a quienes deseen aprovechar del conocimiento de otros. Hoy en dia el conocimiento ya no es una propiedad exclusiva de nadie y mi opinion al respecto es que debe compartirse y eso es precisamente tambien lo que haré ademas de dar a conocer mi propio trabajo mientras pueda ya que desgraciadamente la vida suele ser tan miserablemente corta como un anuncio de television, lo cual es definitivamente una lastima. Sin embargo, debo decir que al menos yo voy a disfrutar creando este espacio puesto que no lo hago solo por el miserable dinero que al final no vale nada sino por el puro placer de escribir mis relatos de horror y curarlos a todos de la enfermedad llamada vida.

Bien mi estimado amigo lector o escritor en busca de una guia, disfruta tu visita a … mientras puedas.

EL DESCONOCIDO por Ambrose Bierce

Posted in Ambrose Bierce on diciembre 17, 2009 by ultimatejuggernaut

Un hombre salió de la oscuridad y penetró en el pequeño círculo iluminado por nuestro lánguido fue­go de campamento, sentándose en una roca.

-No son los primeros en explorar esta región -co­mentó con voz grave.

Nadie puso en duda su afirmación; él mismo era prueba de esa verdad, pues no formaba parte de nues­tro grupo y debía de encontrarse en algún lugar cerca­no cuando acampamos. Además, debía tener compa­ñeros no muy lejos, pues no era un lugar en el que resultara conveniente vivir o viajar solo. Durante una semana, sin contarnos a nosotros ni a nuestros anima­les, los únicos seres vivos que habíamos visto eran serpientes de cascabel y sapos cornudos. En un desierto de Arizona no se puede coexistir demasiado tiempo tan sólo con criaturas como aquéllas: uno debe llevar animales, suministros, armas: «un equipo». Y todo eso significa camaradas. Pudo surgir quizás una duda con respecto a qué tipo de hombre podían ser los camara­das de aquel desconocido tan escasamente ceremonio­so, a lo que hay que añadir que había en sus palabras algo que podía interpretarse como un desafío, y que hizo que cada uno de la media docena de «caballeros aventureros» que éramos nosotros nos irguiéramos, sin dejar de estar sentados, y lleváramos una mano al arma: un acto que en aquel tiempo y lugar era signifi­cativo, una posición de expectativa. El desconocido no prestó ninguna atención a aquel acto y volvió a hablar con el mismo tono monótono y carente de inflexión con el que había pronunciado su primera frase:

-Hace treinta años, Ramón Gallegos, William Shaw, George W. Kent y Berry Davis, todos ellos de Tucson, cruzaron los montes de Santa Catalina y viajaron hacia el oeste, hasta el punto más lejano que permitía la configuración del país. Nos dedicábamos a la prospección y teníamos la intención de, si no encontrábamos nada, cruzar el río Gila en algún punto cercano a Big Bend, donde teníamos entendido que había un asentamiento. Llevábamos un buen equipo, pero carecíamos de guía: tan sólo Ramón Gallegos, William Shaw, George W. Kent y Berry Davis.

El hombre repitió los nombres lenta y claramente, como si pretendiera fijarlos en la memoria de su público, cada uno de los cuales le observaba ahora atentamente, pues se había reducido algo la aprensión de que sus posibles compañeros estuvieran en algún lugar de la oscuridad que parecía rodearnos como si fuera un muro negro; en las maneras de ese historiador voluntario no se sugería ningún propósito inamistoso. Sus actos se asemejaban más a los de un lunático inofensivo que a los de un enemigo. No éramos tan nuevos en el país como para no saber que la vida solitaria de muchos hombres de las llanuras había producido una tendencia a desarrollar excentricidades de conducta y de carácter que no siempre eran fáciles de distinguir de la aberración mental. Un hombre es como un árbol: dentro de un bosque de compañeros crecerá tan recto como su naturaleza individual y genérica se lo permita, pero a solas y en campo abierto cede a las tensiones y torsiones deformadoras que le rodean. Pensamientos semejantes cruzaron mi mente mientras observaba al hombre desde la sombra de mi sombrero, que tenía inclinado para que la luz del fuego no me diera en los ojos. Sin duda se trataba de un grillado, ¿pero qué podía estar haciendo allí, en el corazón de un desierto?

Puesto que he decidido contar esta historia, me gustaría ser capaz de describir el aspecto de ese hom­bre: eso sería lo natural. Desgraciadamente, y en cierta medida extrañamente, me siento incapaz de hacerlo con algún grado de confianza, pues más tarde ninguno de nosotros coincidió en cuanto a la ropa que llevaba o el aspecto que tenía; y cuando traté de anotar mis impresiones, ese aspecto me fue esquivo. Cualquiera puede contar una historia: la narración es una de las facultades elementales de nuestra raza. Pero el talento para la descripción es un don.

Como nadie rompiera el silencio, el visitante siguió hablando:

-El país no era entonces lo que es ahora. No había ni un solo rancho entre el Gila y el Golfo. Había un poco de caza desperdigada por las montañas, y cerca de las infrecuentes charcas, hierba suficiente para evi­tar que nuestros animales murieran de hambre. Si teníamos la suerte de no encontrarnos con los indios, podríamos seguir avanzando. Pero al cabo de una semana el propósito de la expedición había cambiado: en lugar de descubrir riquezas, intentábamos conservar la vida. Habíamos llegado demasiado lejos para poder regresar, de manera que lo que teníamos delante no podía ser peor que lo que nos aguardaba detrás; así que segui­mos avanzando, cabalgando por la noche para evitar a los indios y el calor intolerable, y ocultándonos durante el día lo mejor que podíamos. En ocasiones, cuando habíamos agotado el suministro de carne de animales salvajes y vaciado nuestras cantimploras, teníamos que pasar varios días sin comer ni beber; luego, una charca o una pequeña laguna en el fondo de un arroyo nos permitían restaurar nuestras fuerzas y salud, por lo que éramos capaces de disparar a algún animal salvaje que también hubiera buscado el agua. A veces era un oso, otras un antílope, un coyote, un puma… lo que Dios quisiera: todo era comida.

» Una mañana, cuando rodeábamos una cordillera tratando de encontrar algún paso, nos atacó un grupo de apaches que había seguido nuestro rastro hasta un barranco que no está lejos de aquí. Sabiendo que nos superaban en número de diez a uno, no tomaron ninguna de sus habituales y cobardes precauciones, sino que se lanzaron sobre nosotros al galope, dispa­rando y gritando. La lucha era inevitable: presionamos a nuestros débiles animales para que subieran el ba­rranco mientras hubiera espacio para poner una pezu­ña, bajamos de nuestras sillas y nos dirigimos hacia el chaparral que había en una de las pendientes, abando­nando todo nuestro equipo al enemigo. Pero todos conservamos el rifle: Ramón Gallegos, William Shaw, George W. Kent y Berry Davis.

-El mismo y viejo grupo -comentó el humorista que había entre nosotros. Era un hombre del oeste que no estaba familiarizado con las costumbres decentes de la relación social. Un gesto de desaprobación de nuestro jefe le hizo callar, permitiendo al desconocido proseguir el relato:

-Los salvajes también desmontaron y algunos de ellos subieron el barranco hasta más allá del punto por el que nos habíamos ido, cortándonos cualquier retirada en esa dirección y obligándonos a ascender. Desgraciadamente, el chaparral sólo se extendía una corta distancia por la pendiente, y cuando llegamos al campo abierto que había más arriba recibimos los disparos de una docena de rifles; pero los apaches disparaban muy mal cuando lo hacían deprisa, y quiso Dios que ninguno de nosotros cayera. Veinte metros más arriba, más allá del borde de los matorrales, había unos riscos verticales y, directamente enfrente de no­sotros, una estrecha abertura. Corrimos hacia ella y nos encontramos en una caverna tan grande como una habitación ordinaria de una casa. Allí estaríamos a salvo durante algún tiempo: un solo hombre con un rifle de repetición podría defender la entrada contra todos los apaches del mundo. Pero contra el hambre y la sed no teníamos defensa. Conservábamos el valor, pero la esperanza era un término del recuerdo.

» No vimos después a ninguno de aquellos indios, pero por el humo y el resplandor de las hogueras que habían encendido en el barranco, sabíamos día y noche que nos vigilaban, con los rifles preparados, desde el margen de los matorrales: sabíamos que si intentábamos salir, ni uno solo de nosotros podría dar tres pasos sin caer abatido. Resistimos durante tres días, vigilando por turnos, hasta que nuestro sufri­miento se hizo insoportable. Entonces, la mañana del cuarto día, Ramón Gallegos dijo:

» -Señores, no sé mucho del buen Dios ni de lo que a éste le complace. He vivido sin religión y no conozco la de ustedes. Perdónenme, señores, si les sorprendo, pero para mí ha llegado el momento de ganarle la partida al apache.

» Se arrodilló en el suelo rocoso de la cueva, acercó la pistola a su sien y dijo:

» -Madre de Dios, ven a por el alma de Ramón Gallegos.

» Y así nos dejó: a William Shaw, George W. Kent y Berry Davis.

» Yo era el jefe y me correspondía hablar.

» -Fue un hombre valiente. Supo cuándo morir y cómo. Es una estupidez morir de sed y caer bajo las balas de los apaches, o ser despellejados vivos: eso es de mal gusto. Unámonos a Ramón Gallegos.

» -Tiene razón -dijo William Shaw.

» -Tiene razón -dijo George W. Kent.

» Extendí los miembros de Ramón Gallegos y le puse un pañuelo sobre el rostro. Entonces William Shaw dijo:

» -Me gustaría seguir teniendo ese aspecto… un poco más.

» Y George W. Kent dijo que pensaba lo mismo.

» -Así será -dije yo-: Los diablos rojos aguardarán una semana. William Shaw y George W. Kent, venid

y arrodillaos.

» Así lo hicieron, y yo quedé en pie delante de ellos. » -Dios Todopoderoso, Padre Nuestro -dije yo.

» -Dios Todopoderoso, Padre Nuestro -dijo Wi­lliam Shaw.

» -Dios Todopoderoso, Padre Nuestro -dijo Geor­ge W. Kent.

» -Perdónanos nuestros pecados -dije yo.

» -Perdónanos nuestros pecados -dijeron ellos. -Y recibe nuestras almas.

» -Y recibe nuestras almas.

» -¡Amén!

» -¡Amén!

» Les coloqué junto a Ramón Gallegos y cubrí sus rostros.

Se produjo una rápida conmoción al otro lado del fuego de campamento: un miembro de nuestro grupo se había puesto en pie pistola en mano.

-¿Y tú te atreviste a escapar? -gritó-. ¿Has tenido el valor de permanecer vivo? ¡Eres un perro cobarde y yo haré que te unas a ellos aunque luego me ahorquen a mí!

Pero saltando como una pantera, nuestro capitán se lanzó sobre él y le sujetó la muñeca.

-¡Detente, Sam Yountsey, detente!

Todos nos habíamos puesto en pie, salvo el desco­nocido, que permanecía sentado, inmóvil y aparente­mente sin prestar atención. Alguien cogió a Yountsey por el otro brazo.

-Capitán, aquí hay algo que no concuerda -dije yo-. Este tipo es un lunático o simplemente un men­tiroso: un sencillo mentiroso al que Yountsey no tiene derecho a matar. Si formó parte de ese grupo, es que había cinco hombres, y no ha nombrado a uno de ellos, probablemente a sí mismo.

-Cierto -contestó el capitán soltando al insurgente, que se sentó-. Aquí hay algo… inusual. Hace años encontraron cuatro cuerpos de hombres blancos, ver­gonzosamente mutilados y sin el cuero cabelludo, en los alrededores de la boca de esa cueva. Los enterraron allí; yo mismo he visto las tumbas y mañana las veremos todos.

El desconocido se levantó y nos pareció muy alto bajo la luz del fuego menguante, pues por prestar atención a su historia nos habíamos olvidado de ali­mentarlo.

-Había cuatro -repitió él-: Ramón Gallegos, Wi­lliam Shaw, George W. Kent y Berry Davis.

Reiterando su lista de muertos, caminó hacia la oscuridad y no volvimos a verle.

En ese momento se aproximó a nosotros un miem­bro del grupo que había estado de guardia llevando el rifle en la mano y algo excitado.

-Capitán, durante la última media hora he visto a tres hombres allí arriba-dijo señalando en la dirección que había tomado el desconocido-. Pude verlos clara­mente, pues la luna está alta, pero como no tenían armas y yo les cubría con la mía, pensé que les corres­pondía a ellos hacer cualquier movimiento. ¡Pero no hicieron ninguno, maldita sea! Y me han puesto ner­vioso.

-Vuelve a tu puesto y quédate allí hasta que vuelvas a verlos -contestó el capitán-. Los demás acostaos de nuevo u os arrojaré al fuego a patadas.

El centinela se retiró obediente, lanzando juramen­tos, y no regresó en toda la noche. Cuando estábamos preparando nuestras mantas, Yountsey, que era un temperamental, dijo:

-Le ruego que me perdone, capitán, ¿pero quién diablos piensa usted que son?

-Ramón Gallegos, William Shaw y George W. Kent.

-¿Y qué me dice de Berry Davis? Tendría que haberle disparado.

-Habría sido totalmente innecesario: no podrías haberle matado otra vez. Duérmete.

Hielo en la bañera por Luis Javier Osorio

Posted in Luis Javier Osorio on julio 19, 2009 by ultimatejuggernaut

Este cuento formará parte de mi próximo libro electrónico, disfrutenlo ahora que pueden porque nadie sabe cuanto tiempo tendremos el gusto de seguir por estos lares.

Hielo en la bañera

La expresión en el seráfico rostro de aquella hermosa joven reflejaba una tranquilidad imperturbable mientras yacía en la bañera del modesto apartamento donde había vivido los últimos meses luego de casarse con el amor de su vida, nada parecía inquietarle, sus labios pintados de rojo y la sombra color azul de sus parpados cerrados contrastaban con la pálida tez de su rostro angelical, el sueño en el que la preciosa mujer se hallaba sumida era tan profundo que ni las gélidas aguas rodeando su sinuoso cuerpo desnudo le hacían reaccionar, ni siquiera el escándalo que su pareja mantenía en la cocina tratando afanosamente pero con poco éxito de llevar a buen termino una elegante cena, sacaban a la dama de aquel extraño trance. Los sartenes humeaban encima de la estufa, el horno repentinamente se abrió por si mismo con un ruidoso estallido exhalando llamaradas mientras el joven esposo torpemente blandía un extintor vaciando su contenido en el suelo, nada parecía inquietar a su bella esposa, parecía no importarle lo que sucedía en tanto que su esposo, un mozo que quizá no pasaba de los treinta veranos, luchaba desesperadamente por domar a los instrumentos de cocina, poco antes de rendirse, aquel joven hombre finalmente logró controlar el desastre y consiguió preparar un platillo mas o menos decente, aunque le quedó un tanto salado no estaba mal siendo esa la primera vez que preparaba la cena.
El marido de la señorita se acercó a la tina de baño donde continuaba ella reposando sin que nada pudiese sacarla de aquel profundo sueño, como si por voluntad propia la escultural dama no quisiera despertar. Cariñosamente su joven esposo se acercó hasta ella, la besó en sus labios carmesí para luego susurrarle al oído palabras de amor, sin embargo, la mujer continuaba sin responder a las ternuras de su pareja. Un par de semanas atrás ambos habían planeado tener una velada romántica esa precisa noche con motivo de sus primeros seis meses casados, finalmente cuando llegó el día de tan ansiada celebración, la joven esposa preparó sus mejores galas para lucirlas ante su marido, tenía ella por costumbre tomar un baño tibio en la tina todas las tardes pero esa especial ocasión la llenó con pétalos de rosas y aceites aromáticos. Para disfrutar la relajante ducha se hizo acompañar de sus discos predilectos, grabadora y audífonos junto a la tina del baño; una de sus pasiones era la música gusto que compartía con su esposo e inclusive se conocieron en un concierto de la orquesta sinfónica donde aquella dama tocaba el violín con tal gracia que su enamorado no solo asistía para oírla interpretar con el instrumento sino también deleitarse con la esplendida belleza de su ejecutante. Así pues la hermosa dama entró en la tina, puso los discos en la grabadora y los audífonos en sus orejas para luego quedarse dormida con la relajante maestría de Satié, fue así como su marido la encontró esa misma tarde, adormecida en el baño con los auriculares todavía puestos.
Después de una larga jornada en la oficina, el joven marido llegó a casa con gran un ramo de rosas rojas, las flores favoritas de su amada. El departamento estaba inundado con el aroma de un suave perfume y a la misma vez con ese silencio incomodo que suele haber donde la muerte se anduvo paseando, el violín de su esposa reposaba encima del sillón esperando ansioso que su dueña lo devolviese al estuche o al menos continuara tocándolo, tal vez acabó su práctica más temprano de lo habitual para ir de compras. El joven esperó pacientemente por largas horas, mas al no regresar ella, marcó al teléfono móvil de su amada el cual escuchó sonar abandonado en la recamara, al parecer ella lo había olvidado al salir. Pensando un poco en las posibilidades, decidió ir a buscarla en el supermercado en el cual realizaban sus compras habitualmente, si tenía suerte su esposa estaría todavía en ese lugar, tal vez en la fila de las cajas registradoras pagando las compras. Rápidamente aquel joven fue por su abrigo y las llaves del auto, aunque antes de salir decidió hacer una breve parada en el sanitario y ahí fue donde finalmente la encontró, durmiendo con los auriculares todavía puestos al compás de la Gymnopedie #1 ejecutada soberbiamente por el maestro Satié. El joven se acercó cautelosamente donde su esposa, primero le habló suavemente para no asustarla despertándola de golpe, al no volver en sí la sacudió ligeramente para luego gritarle y agitarla con violencia, le dio varias bofetadas hasta que un hilillo de sangre brotó por la comisura de los labios sin que la dama siquiera se quejara o voltease a mirar ni notara la presencia de su desesperado esposo.
La velada se había planeado con semanas de anticipación, ambos eran personas muy ocupadas en sus respectivas profesiones, ella no deseaba que se les arruinara de nuevo la celebración tan especial como pasó cuando cumplieron sus primeros tres meses de feliz vida matrimonial, aquella ocasión la bella dama tuvo que salir de gira con sus compañeros de la sinfónica dejando a su marido solo en casa, de ultima hora el director confirmó una serie de conciertos en otra ciudad la cual desde hacía meses trataban de concretar, por ese motivo el joven esposo hizo su mejor esfuerzo para complacer a la bella durmiente de la bañera, que francamente parecía no importarle yacer en una tina llena de hielo hasta el tope; sin duda cuando la mujer despertase de aquel sueño vería como su esposo se había esmerado en cumplir sus deseos hasta el final, estaría complacida con esos detalles y orgullosa del amor que le profesaba. Cada cierto tiempo aquel hombre bajaba del apartamento a una pequeña tienda de abarrotes en la esquina, donde compraba bolsas de hielo y las vaciaba en la tina del baño, probablemente algún vecino chismoso se dio cuenta del extraño ritual y avisó a las autoridades. Luego de tres días realizando afanosamente aquella curiosa labor, los oficiales del orden arribaron al apartamento de la pareja llevándose al esposo detenido como principal sospechoso, tras ellos un grupo de paramédicos sacó a la mujer de la bañera con la piel completamente arrugada para después cubrir el cuerpo con una manta blanca.
La pareja de recién casados tenía planes de pasar una velada romántica esa noche, nada les impediría realizar su festejo, ni siquiera el hecho de que la esposa hubiera muerto días atrás y el joven marido la tuviera que conservar en una bañera llena de hielo.

Las figurillas de barro por Robert Bloch

Posted in Robert Bloch on julio 17, 2009 by ultimatejuggernaut

Colin había venido trabajando en aquellas figuritas de arcilla durante mucho tiempo, antes de darse cuenta de que se movían. Llevaba años con ellas, allí en su habitación, y había usado en total centenares de kilos de arcilla.

Los médicos le tenían por loco; el doctor Starr, sobre todo. Pero éste no era más que un curandero y un zote. No podía comprender por qué Colin no acudía al taller junto con los demás, para trenzar cestas de mimbre o asientos y respaldos de esparto. Eso sí que era «terapia ocupacional» de verdad, y no aquella ridiculez de las figuritas, pacientemente modeladas año tras año. Así eran indefectiblemente las opiniones del doctor Starr, y más de una vez, Colin habla sentido ganas de hacerle salir la nariz por el cogote. ¡Vamos!… doctor.

Colin sabía lo que se hacía. También él había sido médico: doctor Edgar Colin, cirujano…, neurocirujano, ¡que no es humo de pajas! Había sido un especialista de renombre, una verdadera autoridad cuando Starr era todavía un interno nervioso y más que verde. ¡Qué ironía! Ahora Colin se veía encerrado en un manicomio, y el doctor Starr era su cuidador. Triste gracia. Pero, loco y todo, Colin sabia más psicopatología de lo que Starr podría nunca aprender.

Colin habla volado junto con la base de la Cruz Roja en Yprès; no acabó allí, como tantos otros, pero sus nervios resultaron destrozados. Habían permanecido en coma varios meses a raíz de aquella dantesca explosión, y cuando se hubo recuperado físicamente dijeron que tenía dementia praecox, y le enviaron aquí, a Starr.

Tan pronto como pudo valerse por sí mismo solicitó barro de modelar. Deseaba ocuparse. Aquellas grandes manos, de largos y ágiles dedos, hechas a la delicada labor de la cirugía intracraneal, no habían perdido nada de su destreza ni, por así decir, de sus ambiciones; ambiciones que no eran sino el deseo ferviente y siempre renovado de abordar tareas cada vez más difíciles, cada vez más complejas.

Como cirujano, muchas veces habla realizado piezas anatómicas de yeso con fines didácticos, actividad que poco a poco fue convirtiéndose en su afición predilecta, hasta el extremo de que llegó a conocer todos los órganos del cuerpo humano, e incluso su delicadísima estructura nerviosa, a la perfección. Ahora trabajaba con arcilla.

Starr le había animado al principio. Superado el coma, recuperado de su estupor, se habla sentido revivir gracias a este redescubierto interés. Sus primeras figurillas de arcilla le habían reportado gran atención y elogios de terceros. Su familia le envió fondos; compró herramientas adecuadas para su trabajo. La mesa de su habitación se llenó pronto del instrumental propio del escultor. Era bueno sentir sus dedos nuevamente activos asiendo, si no lancetas y escalpelos, otros instrumentos no menos maravillosos: objetos capaces de cortar, tallar y reformar cuerpos. Arcilla, carne… ¡qué más daba!

No le había importado al principio, pero con el tiempo sí. Tras meses de esforzada dedicación, Colin se sentía insatisfecho. Trabajaba ocho, diez, hasta doce horas al día, pero no se sentía feliz. Sus figuras acabadas corrían indefectiblemente la misma suerte: eran furiosamente estrujadas para dar, al fin, contra la pared, convertidas en masas deformes. Su trabajo no era bastante bueno.

Hombres y mujeres parecían en efecto réplicas de la realidad, en miniatura. Poseían músculos, tendones, rasgos muy propios y aun capas epidérmicas y minúsculos pelos que Colin insertaba pacientemente en sus diminutos cuerpos. Pero ¿de qué servía todo aquello? Era un fraude, un engaño. En su interior no había sino arcilla…, ahí estaba el fallo. Colin deseaba crear mortales completos en miniatura, y para ello debía estudiar más. Fue entonces cuando tuvo su primer roce con Víctor Starr: al pedir los libros de Anatomía. Starr se había echado a reír. Con todo, al fin se salió con la suya.

De manera que Colin aprendió a duplicar perfectamente la estructura ósea del hombre, sus órganos, los intrincados sistemas arterial y venoso. Vino por último el gran triunfo de dominar las glándulas y los nervios con sus complejas terminaciones sensitivas… Le llevó años y fueron miles los intentos fallidos y las figuras destrozadas. Hizo esqueletos de arcilla, colocó vísceras de igual material en el interior de formas cada vez más complicadas y perfectas. Era una labor delicada y de gran precisión. Era algo demencial, pero le libraba de pensar. Llegó al extremo de poder reproducir cualquier elemento del organismo con los ojos cerrados. Por fin se decidió a reunir todos sus conocimientos, creó esqueletos de arcilla y los fue dotando de todos sus órganos, inclusive el sistema nervioso, minúsculo, apenas perceptible, y de vasos, glándulas, estructura dérmica, tejido muscular…, de todo.

Luego vino el gran paso: ¡el cerebro! Se aprendió todas y cada una de sus circunvoluciones, la textura del cerebro, las terminaciones y el origen de cada nervio, los repliegues de la materia gris cortical… Estudiar, estudiar, no tenía más objeto que éste, pese a las risas, a lo que los demás decían, a la monotonía de tantos años de reclusión.

El doctor Starr acudía a verle de vez en cuando con la vana intención de hacerle desistir de aquella absorción fanática. A Colin le daban ganas de echarse a reír en sus barbas. Starr temía que aquella desusada ocupación no hiciera más que agravar el estado de su paciente. Este, en cambio, sabía que era lo único que le conservaba todavía la razón.

Y es que, últimamente, cuando no estaba trabajando, Colin notaba que le estaban ocurriendo cosas extrañas. Las antiguas deflagraciones parecían reproducirse de nuevo en su cabeza, con efecto impreciso aún, pero cierto, en su cerebro, que parecía ir desenrollándose como un ovillo. Se sentía desorganizado. A veces se le antojaba que no era ya una persona, sino un millar, y que no tenía un cuerpo, sino mil estructuras distintas y separadas, como en sus hombrecillos de barro. No era un ser humano unificado, sino un corazón, unos pulmones, un hígado, un sistema vascular, una mano, una pierna, una cabeza, elementos perfectamente individualizados y distintos entre sí, que iban desasociándose cada vez más. Su cerebro y su cuerpo habían dejado de ser una entidad. Todo en él parecía adquirir una vida propia. Los nervios ya no funcionaban coordenadamente con la sangre. El brazo no siempre seguía a la pierna.

A la postre, cada célula era una unidad. Con la llegada de la muerte, uno no abandonaba la vida de golpe. Algunos órganos lo hacían antes que otros, algunas células duraban más. Pero ¡no debiera ser así en vida! Sin embargo, era. Aquella conmoción violenta, fuera cual fuese su efecto, propiciaba aquella gradual anarquía orgánica.

Debía seguir trabajando para conservar la razón. En una o dos ocasiones trató de explicar al doctor Starr lo que ocurría, a fin de que éste le hiciera objeto de especial observación; no porque aquello le importara, sino porque acaso la ciencia pudiese obtener algunos datos importantes sobre su caso. Como de costumbre, Starr se había reído.

Colin siguió con su trabajo. Ahora construía cuerpos… Cuerpos reales. Le llevó varios días el completar el primero, con labios delicadamente tallados, estructuras auriculares y ópticas correctas, y uñas que encajaban perfectamente en las extremidades. La labor le mantenía con vida. ¡Era fascinante ver una mesa llena de minúsculas miniaturas de hombres y mujeres!

El doctor Starr no opinaba igual. Una tarde sorprendió a Colin inclinado sobre tres diminutas pellas de arcilla, en las que, absorto, aplicaba sus finísimas lancetas atendiendo a un esquema extraído de un libro.

-¿Qué está haciendo? -preguntó.

-Cerebros para mis hombres -respondió Colin.

-¿Cerebros? ¡Santo Dios!

Starr miró por encima del hombro de su paciente. Sí ¡eran cerebros! Reproducciones pequeñísimas y perfectas del cerebro humano, impecables en todos sus detalles, formadas capa sobre capa, con terminales nerviosas independientes, con un completo sistema vascular…, ¡para incorporar a cráneos de arcilla!

-¿Qué…? -exclamó Starr.

-No me interrumpa. Estoy poniéndoles los pensamientos -sentenció Colin.

¿Pensamientos? Aquello era una verdadera locura, ¡era el colmo! Starr contemplaba la escena maravillado. ¿Pensamientos en cerebros para muñecos de barro?

Al día siguiente, Colin notó que sus hombrecillos de barro se movían.

«Frankenstein -murmuró Colin-. Soy Frankenstein. -Su voz se convirtió en un susurro-. No, no soy como Frankenstein. Soy como Dios, sí, como Dios.

»¿Por qué no? -se dijo-. ¿Qué sabemos de la Creación, de la Vida? Fisiológicamente, el cuerpo humano no es más que un mecanismo adaptado para reaccionar ante los estímulos. Duplicad este mecanismo perfectamente y ¿por qué no ha de vivir? Quizá la vida sea simple electricidad.

Mientras Colin hablaba así, en voz baja, para sí mismo, las figurillas de barro le contemplaban y asentían al unisono.

«Además, me estoy desintegrando. Estoy perdiendo mi identidad. Puede que una parte de mi substancia vital haya sido transferida, incorporada a estos nuevos cuerpos. Mi… enfermedad… quizá tenga que ver con ello, aunque no alcanzo a qomprender cómo.»

Sin embargo, algo sí acertaba a presumir. Si aquellas figuras estaban animadas por su vida, él podría controlar sus acciones, de igual modo que controlaba las de su cuerpo. Las había creado, les había dado parte de si. Eran él.

Se acurrucó en un extremo de la habitación, quedo, absorto en sus pensamientos. Y las figuras se movieron.

Colin cerró los ojos y se echó atrás estremecido. ¡Era verdad!

El esfuerzo de tanta concentración le había cubierto de sudor. Se sentía exhausto y le faltaba la respiración. Su propio cuerpo se debilitaba por momentos, como sometido a un vaciamiento interior. ¿Por qué no? Había dirigido cuatro mentes a la vez, ejecutado acciones coherentes con cuatro cuerpos; era demasiado, pero real.

«Soy Dios» susurró. «Dios».

¿Y qué? ¿De qué iba a servirle aquello? Era un demente, recluído en un asilo. ¿Cómo usar su poder?

-Primero, experimentar -exclamó en voz alta.

-¿Qué?

El doctor Starr había entrado sin hacer ruido. Sobresaltado, Colin miró de reojo a sus figurillas, totalmente inmóviles ahora, afortunadamente.

-Me decía tan sólo que debo experimentar con mis muñecos de arcilla -respondió apresuradamente. El médico enarcó las cejas.

-¿Ah, si? Sabe, Colin, he estado pensando. Quizá este trabajo no sea en verdad bueno para usted. Parece cansado, agotado casi. Tengo la impresión de que se está causando un daño innecesario con todo esto; me temo, por tanto, que deberé prohibirle que siga modelando.

-¿Prohibírmelo?

El doctor Starr asintió con la cabeza.

-Pero, no puede… precisamente ahora que… quiero decir, ¡es imposible! Es todo lo que tengo y lo que me conserva vivo. Sin mi trabajo yo…

-Lo siento.

-No puede.

-El médico soy yo, Colin. Mañana retiraremos el barro. Quiero que tenga la oportunidad de reencontrarse a sí mismo, de vivir de nuevo.

Colin nunca había sido violento. Ahora, el doctor sintió de pronto su garganta atenazada por unos dedos poderosos que hacían presa en su vena yugular con precisión qulrúrgica. Se echó atrás en pánico y trató de repeler la agresión al tiempo que gritaba ahogadamente para llamar la atención de los enfermeros. La irrupción de éstos le libró in extremis. Colin fue reducido y atado al lecho.

Había oscurecido cuando el paciente despertó de un mundo plagado de odios. Estaba solo. Se habían ido; el día también. Mañana, ellos y la luz volverían de nuevo para despojarle de sus figurillas… ¡sus queridas criaturas! ¡Sus obras vivientes! Las destrozarían, pero ¿podrían en verdad aniquilar la vida? ¡Sería un asesinato!

Colin sollozó amargamente mientras pensaba en ello y se prodigaba en sus ensoñaciones. ¡Lo que podría haber hecho con sus poderes! ¡No había límites! Habría construido docenas, centenares de figurillas, y habría aprendido a concentrarse mentalmente para lógrar controlar y dirigir a voluntad una verdadera horda. Habría creado un mundo propio, poblado de criaturas que le obedecerían a rajatabla. Compañeros, esclavos…, diferentes tipos de cerebro y, por tanto, de mentalidad e idiosincrasia. ¡Una verdadera civilización particular!

Y aún más. Podría haber creado una raza. Una nueva raza, susceptible de propagarse ¡y siempre a su servicio! Un centenar de figurillas de manos diestras y dientes afilados podrían dar al traste con los barrotes de su celda, y atacar a los enfermeros y guardianes para devolverle la libertad. Y luego ¡al mundo! al mando de un ejército de barro; de unidades diminutas, cierto, pero capaces de ocultarse fácilmente en el terreno y de desplazarse sin ser vistas en cualquier lugar. Puede que un día hubiera un mundo poblado de pequeños hombrecillos de arcilla, adiestrados por él y prestos a sus órdenes.

Ahora, todo habla terminado. Puede que estuviera loco, con tales pensamientos y sueños. Era inútil. Pero de algo estaba seguro: sin el barro enloquecería aún más. Se daba cuenta de que su cuerpo iba enajenándose de él. Sus ojos, que reflejaban ahora la luz de la luna, no parecían formar parte ya de su organismo.

Todo venía de la excitación de aquella tarde. El gran descubrimiento, y luego la estúpida decisión de Starr. ¡Starr! El era el causante de sus males, el único responsable. Le había llevado a la locura. A un estado horrible y desconocido de conflicto mental que no era capaz siquiera de comprender. Starr le había sentenciado a muerte. ¡Si tan sólo pudiere pagarle en igual moneda!

Quizá sí.

Quizá pudiese matar a Starr.

¿Cómo?

Tenía que averiguar los planes de Starr, sus ideas.

¿Cómo?

Enviándole un hombrecillo de barro.

¿Qué?

Sí, destacando un emisario de barro. Aquella tarde se había concentrado en la tarea de darles vida.

Pero ¿cómo hacerlo? La arcilla es, al fin y al cabo, arcilla. Los pies de barro se desgastarían antes de mucho…, no habría tiempo de recorrer todo el pasillo de ida y vuelta. Y los oídos… por muy perfectos que fueran, estallarían al estimulo de sonidos reales.

«Piensa, piensa -sé decía-, Orden en las ideas, sobre todo. Sí, hay un modo…

»Claro, es posible! -exclamó Colin con voz ahogada. Su locura, su cruel destino era su salvación. Si sus facultades se desorganizaban y le cabía el poder de proyectar su yo en el barro, ¿por qué no proyectar también facultades especiales en las figurillas?

La luz de la lámpara no iluminó tanto su rostro como la sonrisa que lo distendía. Tomó una figurilla y empezó a trabajar en sus pies.

El hombrecillo estaba descendiendo de la mesa. Ahora se deslizaba por una de las patas…, llegó al suelo. Colin notó el impacto en sus propios pies. ¡Sí!, los suyos.

El piso vibró atronadoramente. ¡Claro! Era un temblor infinitesimal, imperceptible al oído humano, sonoro y rotundo para sus oídos de arcilla, para sus oídos. Otra parte de él -los propios ojos de Colin- observó el quiebro de la figurilla para salvar el vano entre puerta y marco. Luego, oscuridad. En tensa concentración, el sudor vino a bañar su cuerpo.

El Colin de barro no podía ver. Carecía de ojos, Pero el instinto y la memoria le guiaban.

Había irrumpido en un mundo de gigantes. Apareció el pie de un coloso. Colin se tendió junto al zócalo. Sus pasos producían monstruosas vibraciones.

Siguió su camino. El instinto le guió hasta la puerta correcta, la cuarta corredor abajo. Se deslizó por debajo de ella, tropezó con la alfombra. Aquellas hebras medirían más de un palmo, se dijo, y cortaban como navajas. Más arriba resonaban estruendos, unas voces. Dos titanes atronaban el espacio…

El doctor Starr y el profesor Jerris. Jerris podía pasar; tenía visión de las cosas, pero Starr…

Colin se agazapó bajo la imponente barrera del sillón, escaló aquella ladera y alcanzó por fin las elevadas crestas de las rodillas de Starr. Se esforzó por distinguir las palabras retumbantes.

-Este hombre, Colin, está acabado; te lo digo. Claudicación total incipiente. Intentó atacarme esta tarde cuando le dije que iba a llevarme sus figurillas de barro. ¡Cualquiera hubiera dicho que se trataba de cachorros vivos de su propiedad! Puede que él lo piense así.

Ahora. hablaba Jerris.

-Sí, puede que él lo crea así. Y que para él, y a todos los efectos, lo sean. En cualquier caso…, pero ¿qué haces tú con un muñeco colgando en tu pierna?

¿Muneco en mi pierna? ¡Colin!

En su lecho, recluido en su habitación, Colin trató desesperadamente de retirar la vida de su creación, de despojarla del oído y de las sensaciones cinestésicas, que eran las de su otro yo de barro, pero fue demasiado tarde. Se produjo una conmoción increíble; algo se cerró violentamente en torno a su persona…, siguió un estrujamiento agónico…

Colin se hundió desmadejadamente en su lecho y su mundo se pobló de destellos rojizos.

La luz le dio en pleno rostro. Se incorporó. ¿Habría soñado?

«¿Soñado?», susurró.

No oía. ¡Estaba sordo!

¡Su oído! Lo habla proyectado en la figurilla de barro, y había sido destruido cuando Starr la estrujó. ¡Era sordo!

El pensamiento era demencial. Colin saltó bruscamente del lecho, lleno de pánico, y rodó de bruces por los suelos.

¡No se tenía en pie! ¡No podía andar!

Los pies estaban en la figurilla; así lo había querido él, y de su obra no quedaba más que una masa deforme. ¡No podía andar!

Enajenación de sus facultades, de sus miembros; entonces, ¡era real! Sus oídos, sus piernas se habían incorporado de alguna manera misteriosa al hombre de arcilla. Ahora los había perdido. ¡Gracias a Dios, que no había cedido sus ojos!

Pero era horrorosa la visión de aquellos muñones donde habían estado sus piernas; terrible el buscar en sus oídos unas crestas óseas ahora ausentes. Era horrible y era odioso. Starr era el culpable. Había dado muerte a un hombre y reducido a la invalidez a otro.

Allí y ahora. Colin lo planeó todo minuciosamente. Tenía el poder. Podía animar sus figurillas de barro y también concederles una vida especial. Concentrándose, sirviéndose de su propia y peculiar desintegración física podía trasplantar parte de sí mismo a la materia. Muy bien, pues. Starr pagaría.

Colin permaneció encamado. No se levantó para la visita vespertina. Starr no debía ver sus piernas sin darse cuenta de que ya no oía.

Colin fingió sumirse en el letargo, la introspección característica del esquizoide. Starr no dijo más y abandonó bruscamente la estancia con su requisa.

La sonrisa se dibujó lenta, pero resueltamente. Colin tomó la figurilla oculta debajo de las ropas del lecho. Era un hombre perfecto, de brazos extraordinariamente musculosos, de uñas largas y afiladas. Los dientes tampoco eran malos. Pero, estaba incompleto, carecía de rostro.

Colin puso manos a la obra, con prisas, pues se acercaba la noche. Buscó un espejo, y mientras trabajaba en su creación sonreía como quien comparte una gracia con alguien… o con algo. Cayeron las sombras, .y Colin siguió trabajando, de memoria. Delicadamente, diestramente, como un artista, como creador que insufla hálito vital en el barro. Vida en barro…

-¡Te digo que esa condenada cosa estaba viva! -exclamó Jerris. Por fin había perdido su compostura, olvidándose de su cargo-. ¡Lo vi bien!

Starr sonrió.

-Era barro, nada más, y lo aplasté -replicó-. No discutamos más por esto.

Jerris hizo un gesto vago con las manos. Sí, arcilla… y anoche, cuyo recuerdo asociado al de aquella figurilla minúscula, perfectamente formada, asida a la pernera del pantalón de Starr, donde nada podría haberse adherido durante mucho tiempo. Asida, sí, y cuando Starr la estrujó, ¿no era acaso una estructura osteiforme, aunque de barro, no eran vísceras colgantes lo que se habla visto? ¿Fue un retorcimiento agónico o un efecto de la luz?

-¡Déjate de cavilaciones y acuéstate! -concluyó Starr sofocando a duras penas una carcajada irónica-. Deja de preocuparte por un demente. Colin está loco, y en lo sucesivo le trataré como tal. He tenido ya demasiada paciencia. Habrá que usar la fuerza. Y… yo, de ti no volvería a hablar de hombrecitos de barro y demás.

El tono era conminatorio. Jerris se encogió de hombros una vez más y abandonó el despacho.

Starr apagó las luces y se aprestó a la duermevela de su guardia de noche. Jerris conocía bien sus costumbres.

Era sorprendente cómo le habla afectado aquel asunto, se decía Jerris, pasillo abajo. La visión de aquella figurilla le habla conmovido muy desagradablemente. La obra era tan perfecta, ¡tan asombrosamente precisa en sus detalles más mínimos! Sin embargo, era todo barro, simple y ordinaria arcilla. No se había movido cuando Starr se hizo con ella. Las costillas se hundieron, los ojos saltaron de órbitas perfectamente modeladas y rodaron grotescamente sobre la mesa… ¡era para enfermar! ¡Y el vello, finísimo, de barro también, como los jirones de aquella piel asombrosamente dispuesta en sucesivas capas! Colin, loco o sano, era un genio.

Jerris sacudió la cabeza asintiendo para sí mismo. Pero… ¡qué diablos…! Tuvo que parpadear varias veces.

Y… lo vio.

Como una rata pequeña, presurosa, huyendo pasillo abajo sobre dos patas, en vez de cuatro. Un ratón sin pelo, sin rabo. Un ratoncillo que proyectaba contra la pared la sombra perfecta y diminuta de… ¡un hombre! Tenía rostro y levantó la mirada. Jerris casi llegó a creer que lo había visto; más aún, que aquellos ojos le habían guiñado. Era un minúsculo roedor hecho de arcilla… no, era un hombre en miniatura como los que construía Colin.

Ahogó una exclamación. Estaba loco, como todos, como Colin. Pero… había entrado en el despacho de Starr, se movía, poseía ojos y rostro, y era de arcilla.

No lo pensó dos veces. Echó a correr, pero no hacia el consultorio sino en dirección a las habitaciones de los pacientes. Buscó las llaves, tenía un juego supletorio. ¡Qué largo se le hizo el instante y qué torpes se le antojaron los dedos! Abrió, al fin. Y dio la luz.

Fue un momento infinito el que dedicó, horrorizado, a la contemplación de lo que yacía en el lecho… De aquello con muñones en lugar de piernas, desmadejado entre cinceles y martillos, con un espejo caído sobre el pecho, en cuyo azogue se revelaba un rostro dormido, que no era rostro.

Sí, el momento fue largo. El alarido procedente de la habitación de Starr debía haberse producido treinta segundos antes, quizá, de que Jerris lo oyera. Luego fueron unos gemidos, y, paralizado, siguió con la vista fija en aquella faz sin rostro, que iba descomponiéndose como rasgada por manos invisibles hasta convertirse en pulpa.

Ocurrió así. Algo arrancó el semblante del hombre yacente separando la cabeza del cuello. El gemido se reprodujo a lo lejos, al otro extremo del pasillo…

Corrió como nunca. Fue el primero en alcanzar el consultorio, un minuto antes que los demás. Vio lo que esperaba ver.

Starr aparecía hundido en su silla, con la cabeza caída a un lado. El hombrecillo de barro habla hecho su trabajo y el doctor Starr estaba muerto. La diminuta figura marrón habla clavado unas uñas maravillosamente formadas en la garganta del durmiente y con destreza qulrurgica y ayuda, quizá, de los dientes, habla sajado la yugular, precisamente en su punto más vuluerable. Starr murió antes de que pudiera librarse de aquella imagen humana diabólicamente perfecta, cuya cabeza y rostro arrancó, no obstante, en su último espasmo agónico.

Jerris tiró de la figurilla y la estrujó entre sus enfebrecidos dedos, ahora marrones y pegajosos.

Antes de que acudieran los demás tuvo tiempo aún de recoger del suelo la cabeza arrancada, en cuyo rostro increiblemente perfecto y diminuto brillaba con infinita grandeza la sonrisa triunfal de la muerte.

Estremecido de horror, Jerris aplastó también el pequeño rostro de Colin, el creador.

El piso de cristal por Stephen King

Posted in Stephen King on julio 10, 2009 by ultimatejuggernaut

Wharton subió los amplios escalones con lentitud, sombrero en mano, estirando el cuello para poder abarcar mejor la monstruosidad victoriana en la que había muerto su hermana. No se trata de una casa, en lo absoluto, reflexionó, sino de un mausoleo; un enorme y gigantesco mausoleo. Parecía crecer en la cima de la colina como un hongo venenoso, corrupto y sobredimensionado, repleto de gabletes y cúpulas festoneadas con ventanas vacías. Una veleta de latón se inclinaba a unos ochenta grados por sobre un tembloroso tejado cubierto de ripio, con la empañada efigie de un chiquillo que lo vigilaba apantallándose los ojos con una mano. Wharton se alegró de no alcanzar a distinguirlos.

Entonces llegó al porche y todo el conjunto de la casa desapareció de su vista. Tocó la anticuada campanilla, escuchándola repetirse huecamente entre los oscuros recovecos internos de la casa. Había una ventanilla matizada de rosa sobre la puerta, y Wharton apenas pudo reconocer el año 1770 biselado en el vidrio. Una tumba estaría bien, pensó.

La puerta se entreabrió de repente.

—¿Sí, señor? —El ama de llaves lo miró con fijeza. Era vieja, horrorosamente vieja. La cara le colgaba desde el cráneo como una masa fláccida, y la mano que apoyaba sobre la cadena de la puerta estaba grotescamente deformada por la artritis.

—He venido a ver a Anthony Reynard —dijo Wharton. Casi hasta imaginó que podía oler cómo el dulzón olor de la decadencia emanaba del vestido de arrugada seda negra que ella llevaba.

—El señor Reynard no está para nadie. Está de duelo.

—Él me atenderá —aseguró Wharton—. Soy Charles Wharton. El hermano de Janine.

—Oh. —Sus ojos se ensancharon un poco, y la floja inclinación de su boca le empezó a trabajar sobre las encías desnudas—. Un minuto. —La mujer desapareció, dejando la puerta entreabierta.

Wharton espió las oscuras sombras caoba que le deban forma a unas sillas comunes de respaldo alto, a unos divanes cola de caballo tapizados, a altos y angostos estantes de biblioteca, y a paneles de madera esculpidos con motivos floridos.

Janine, pensó él. Janine, Janine, Janine. ¿Cómo pudiste vivir aquí? ¿Cómo rayos pudiste resistirlo?

Una alta figura de hombros vencidos se materializó de repente desde la oscuridad, con la cabeza proyectada hacia adelante, de ojos abatidos y profundamente hundidos.

Anthony Reynard extendió una mano y desenganchó la cadena de la puerta.

—Adelante, señor Wharton —dijo lentamente.

Wharton se introdujo en la vaga semioscuridad de la casa, estudiando con curiosidad al hombre que se había casado con su hermana. Bajo las cuencas de los ojos tenía unos anillos azules que parecían contusiones. El traje que llevaba se veía arrugado y le colgaba flojo, como si hubiera perdido mucho peso. Parece cansado, pensó Wharton. Viejo y cansado.

—¿Mi hermana ya recibió sepultura? —preguntó Wharton.

—Sí. —Cerró la puerta con lentitud, encerrando a Wharton en la decadente oscuridad de la casa—. Mi más sincero pésame, señor Wharton. Quise muchísimo a su hermana. —Hizo un gesto vago—. Lo siento.

Pareció querer agregar algo más, pero cerró la boca con un brusco chasquido. Resultó obvio que cuando volvió a hablar se estaba callando lo que fuera que estuvo a punto de decir.

—¿Quiere tomar asiento? Estoy seguro de que tendrá algunas preguntas.

—Así es. —Por alguna razón lo dijo de una manera mucho más lacónica de lo que hubiera preferido.

Reynard suspiró y asintió con lentitud. Lo condujo hasta el fondo de la sala y le señaló una silla. Wharton se hundió profundamente en ella, que pareció engullirlo en lugar de sostenerlo. Reynard se sentó junto a la chimenea, poniéndose a buscar los cigarrillos. Le ofreció uno a Wharton sin decir una palabra, y éste negó con la cabeza.

Aguardó hasta que Reynard encendiera su cigarrillo y luego le preguntó:

—¿Cómo falleció? Su carta no explicaba gran cosa.

Reynard apagó el fósforo y lo tiró en el hogar. Aterrizó sobre una de las carboneras de hierro, una gárgola cincelada que observó a Wharton con mirada de sapo.

—Se cayó —contó—. Estaba limpiando uno de los cuartos que se encuentran del lado de los aleros. Teníamos pensado pintar, y ella creía que lo mejor sería desempolvarlos bien antes de comenzar a hacerlo. Estaba usando la escalera de mano. Se resbaló. Se rompió el cuello. —Cuando tragó le sonó un chasquido en la garganta.

—¿Murió… en seguida?

—Sí. —Inclinó la cabeza y se puso una mano sobre la frente—. Yo me desesperé.

La gárgola lo miraba de soslayo, acurrucada y encogida, con la cabeza cenicienta. La boca se le torcía hacia arriba en una mueca rara, alegre, y sus ojos parecían volverse hacia adentro, hacia algún chiste privado. Wharton dejó de mirarla con cierto esfuerzo.

—Quiero ver donde ocurrió.

Reynard apagó su cigarrillo, fumado a medias.

—No puede hacerlo.

—Temo que sí —contradijo Wharton con frialdad—. Después de todo, ella era mi…

—No es por eso —lo interrumpió Reynard—. La habitación ha sido clausurada. Tendría que haberse hecho mucho tiempo atrás.

—Si se trata simplemente de algunas tablas sobre la puerta…

—Usted no comprende. La habitación se ha entablado por completo. Desde el exterior no se advierte otra cosa que la pared.

Wharton sintió que su mirada era atraída inexorablemente por la carbonera. Maldita cosa, ¿por qué diablos se estaría riendo tanto?

—Eso no me importa. Necesito ver ese cuarto.

Reynard se puso de pie de repente, alzándose sobre él.

—Imposible.

Wharton también se levantó.

—Estoy empezando a preguntarme si no tendrá algo escondido allí dentro —dijo tranquilamente.

—¿Qué está usted insinuando?

Wharton agitó la cabeza un poco aturdido. ¿Qué estaba insinuando? ¿Que quizás Anthony Reynard había asesinado a su hermana en esta cripta de la Guerra de la Revolución? ¿Que aquí podría llegar a haber algo más siniestro que rincones tenebrosos y horrendas carboneras de hierro?

—No sé qué es lo que estoy insinuando —respondió, con calma—, sólo que tuvieron que enterrar a Janine con una prisa del demonio, y que en este momento usted está actuando de manera algo extraña.

Durante un momento la cólera ardió luminosamente pero luego se extinguió, dejándole tan sólo desesperación y un sordo dolor.

—Déjeme solo —masculló él—. Por favor déjeme solo, señor Wharton.

—No puedo. Tengo que saber…

Apareció la vieja ama de llaves, con el rostro precipitándose desde la oscura caverna del vestíbulo.

—La cena está lista, señor Reynard.

—Gracias, Louise, pero no tengo hambre. ¿Tal vez el señor Wharton…?

Wharton negó con la cabeza.

—Muy bien, entonces. Quizás piquemos algo después.

—Como usted diga, señor. —Ella se volvió para irse.

—¿Louise?

—¿Sí, señor?

—Venga un segundo.

Louise ingresó lentamente en el cuarto, pasándose una floja lengua por los labios durante un momento, para luego desaparecer.

—¿Señor?

—El señor Wharton parece tener algunas preguntas sobre la muerte de su hermana. ¿Podría usted contarle todo lo que sepa al respecto?

—Sí, señor —sus ojos relucieron con vivacidad—. Ella estaba limpiando, eso es. Limpiando la Habitación Oriental. Deseosa de pintarlo, estaba. Supongo que el señor Reynard, aquí presente, no estaba muy interesado porque…

—Vé al grano, Louise —dijo Reynard con impaciencia.

—No —saltó Wharton—. ¿Por qué él no estaba muy interesado?

Louise miró dudosamente de uno a otro.

—Prosigue —le pidió Reynard, resignado—. Si no lo averigua aquí lo hará en el pueblo.

—Sí, señor.—De nuevo advirtió cómo ella se relamía, apreció el ávido fruncimiento de la floja carne de su boca cuando la mujer se dispuso a relatar la preciosa historia—. Al señor Reynard no le gusta que nadie entre en la Habitación Oriental. Siempre dijo que era peligrosa.

—¿Peligrosa?

—Por el piso —aclaró ella—. El piso es de cristal. Es un espejo. Todo el piso es un espejo.

Wharton se volvió hacia Reynard, sientiendo que la sangre le subía al rostro.

—¿Está queriendo decirme que la dejó subirse a una escalera de mano en un cuarto con suelo de vidrio?

—La escalera tenía asideros de goma —comenzó Reynard—. Pero ésa no fue…

—Maldito idiota—susurró Wharton—. Maldito asesino idiota.

—¡Le estoy diciendo que ésa no fue la razón! —gritó Reynard de repente—. ¡Yo amaba a su hermana! ¡Nadie siente más que yo el hecho de que haya muerto! ¡Pero se lo advertí! ¡Dios sabe que le advertí lo referente a aquel piso!

Wharton era oscuramente consciente de que Louise los observaba de manera ávida, recolectando chismes como una ardilla junta las nueces.

—Dígale que se marche —solicitó, con la voz pesada.

—Sí —convino Reynard—. Váyase a cuidar la cena.

—Sí, señor. —Renuente, Louise se encaminó al vestíbulo y las sombras se la tragaron.

—Bien —dijo Wharton en voz baja—. Me parece que tiene ciertas explicaciones que hacer, Reynard. Todo este asunto me resulta gracioso. ¿No se llevó a cabo ni siquiera una pesquisa?

—No —respondió Reynard. Se derrumbó de golpe sobre su silla y miró sin ver hacia la penumbra del techo abovedado—. La gente de por aquí conoce todo lo referente a la… a la Habitación Oriental.

—¿Y qué hay que saber de allí? —le preguntó Wharton, tenso.

—La Habitación Oriental trae mala suerte —explicó Reynard—. Algunas personas incluso hasta asegurarían que está maldita.

—Escúcheme —soltó Wharton de mal genio, sintiendo que el dolor le aumentaba como vapor en una tetera—, no voy a cambiar de idea, Reynard. Cada palabra que sale de su boca me obliga más y más a inspeccionar aquel cuarto. Ahora bien, ¿va a admitirlo o tendré que bajar hasta ese pueblo y…?

—Por favor. —Algo en la callada desesperación de sus palabras hizo que Wharton alzara la vista. Por primera vez Reynard lo estaba mirando directamente a los ojos, y eran unos ojos espantados, macilentos—. Por favor, señor Wharton. Acepte mi palabra de que su hermana murió de manera natural, y márchese. ¡No quiero verlo morir! —la voz se le elevó en un lamento—. ¡No quise ver morir a nadie más!

Wharton sintió que un breve escalofrío lo recorría. Su mirada saltó de la sonriente gárgola de la chimenea hasta el busto polvoriento y de mirada vacía de Cicero en el rincón, y luego se desplazó a los extraños paneles tallados de las paredes. Y una voz sonó dentro de él: Márchate de aquí. Un millar de ojos con vida pero insensibles parecieron mirarlo desde las sombras, y la voz volvió a hablar… Márchate de aquí.

Sólo que esta vez fue Reynard quien lo dijo.

—Márchese de aquí —repitió—. Su hermana está más allá del cuidado y más allá de la venganza. Le doy mi palabra…

—¡Al diablo con su palabra! —lo interrumpió Wharton de golpe—; ahora mismo voy a hablar con el alguacil, Reynard. Y si el alguacil no me ayuda, iré con el comisionado del condado. Y si el comisionado del condado no me ayuda…

—Muy bien. —Las palabras fueron como el lejano doblar de la campana de un cementerio—. Venga.

Reynard lo condujo por el vestíbulo, más allá de la cocina, a través del comedor vacío con el candelabro que recogía y reflejaba la última luz del día, y pasando la despensa, hacia la vacía pared de yeso del extremo del corredor.

Es allí, pensó Wharton, y de repente se produjo un raro deslizamiento en el pozo que era su estómago.

—Yo… —empezó a decir sin quererlo.

—¿Qué? —preguntó Reynard, con la esperanza brillándole en la mirada.

—Nada.

Se detuvieron al final del pasillo, inmóviles en las tinieblas crepusculares. No parecía haber luz eléctrica allí. Wharton pudo ver sobre el suelo la espátula para revocar, todavía húmeda, que utilizara Reynard para tapiar la puerta, y un fragmento extraviado de El Gato Negro de Poe le resonó en la mente:

Yo había cercado al monstruo dentro de la tumba…

Reynard le entregó la espátula ciegamente.

—Haga lo que tenga que hacer, Wharton. No pienso formar parte de esto, paselo que pase. Me lavo las manos de lo que pueda suceder.

Con la mano abriéndose y cerrándose sobre el mango de la espátula y cierta aprensión, Wharton contempló cómo el otro se alejaba por el pasillo. Todos los rostros, el del chiquillo de la veleta, el de la gárgola de la carbonera, el de la marchita criada, todos parecieron mezclarse y fundirse ante él, todos sonriendo por algo que él no lograba entender. Márchate de aquí…

Con una súbita y áspera maldición atacó la pared, escarbando en el suave y reciente yeso, hasta que la espátula raspó contra la puerta de la Habitación Oriental. Escarbó más allá del yeso hasta que pudo alcanzar el tirador de la puerta. Lo accionó y luego tiró de él hasta que las venas se le destacaron sobre las sienes.

El yeso se resquebrajó, se agrietó, y finalmente se partió. La puerta giró pesadamente hasta quedar abierta, con el yeso desparramándose como una piel muerta.

Wharton fijó la vista en un charco de mercurio que destellaba débilmente.

Parecía brillar con una luz propia en aquella etérea oscuridad, como de cuento de hadas. Wharton entró en el cuarto, esperando a medias hundirse en un fluido cálido, flexible.

Pero el suelo era sólido.

Su propio reflejo colgaba suspendido debajo de él, unido sólo de los pies, con todo el aspecto de sostenerse de cabeza en aquel aire tenue. Hizo que se mareara por el simple hecho de mirarlo.

Lentamente, desplazó la mirada por los alrededores del cuarto. La escalera de mano todavía estaba allí, internándose en las brillantes profundidades del espejo. Advirtió que la habitación era alta. Lo suficientemente alta como para caerse y —compuso una mueca—matarse.

Estaba rodeado de estantes de libros vacíos, todos ellos pareciendo inclinarse encima suyo en el mismísimo umbral del desequilibrio. Le agregaban un efecto distorsionante al extraño cuarto.

Se acercó a la escalera y examinó las patas. Tenían una base de goma, tal como Reynard había dicho, y parecía bastante sólida. Pero, ¿y si la escalera no había resbalado, cómo pudo caerse Janine?

De algún modo se encontró otra vez mirando fijamente a través del suelo. No, se corrigió. No a través del suelo. A través del espejo; dentro del espejo…

No se encontraba del todo parado sobre el piso, como lo había supuesto. Se equilibraba en el tenue aire, a medio camino entre el suelo y el techo idéntico, sostenido tan sólo por la estúpida idea de que estaba parado en el piso. Eso era tonto, cualquiera podría verlo, porque allí estaba el suelo, abriéndose allí abajo…

¡Despabílate!, se gritó de repente a sí mismo. Estaba parado en el piso, y aquel otro no era más que un inofensivo reflejo del techo. Solamente sería el suelo si estuviera de pie sobre mi cabeza, y no lo estoy; mi otro yo es el que está parado sobre su cabeza…

Comenzó a sentir vértigo, y una nausea súbita le subió por la garganta. Intentó mirar más allá de las plateadas profundidades del espejo, pero no lo logró.

La puerta… ¿dónde estaba la puerta? De repente deseó estar afuera.

Wharton se dio vuelta torpemente, pero allí sólo estaban los estantes locamente inclinados y la escalera que se proyectaba y el horrible abismo bajo sus pies.

—¡Reynard! —gritó—. ¡Me estoy cayendo!

Reynard llegó corriendo, con la nausea formando ya una gris lesión gris en su corazón. Era una realidad; había vuelto a suceder.

Se detuvo frente al umbral de la puerta, mirando los gemelos siameses que se observaban uno al otro en el medio de aquella habitación de dos techos y sin ningún piso.

—Louise —graznó alrededor de la seca pelota de vómito que se le formó en la garganta—.Traiga el palo.

Louise surgió de la oscuridad y le alcanzó a Reynard un palo con el extremo en forma de gancho. Él lo deslizó a través del estanque de plata brillante y atrapó el cuerpo que yacía sobre el cristal. Lo arrastró despacio hacia la puerta y, cuando pudo alcanzarlo, tiró de él. Estudió la cara retorcida y suavemente le cerró los ojos de mirada fija.

—Voy a necesitar el yeso —dijo en voz baja.

—Sí, señor.

Ella se volvió para irse, y Reynard miró hacia el cuarto, con mirada lúgubre. Se preguntó, y no por primera vez, si de verdad había un espejo allí. En la habitación, un pequeño charco de sangre se extendía sobre el suelo y en el techo, pareciendo encontrarse en el centro, sangre que colgaría allí sin ninguna prisa, y de la que uno esperaría que podría quedar goteando por siempre.

El escritor de destinos por Luis Javier Osorio

Posted in Luis Javier Osorio on julio 1, 2009 by ultimatejuggernaut

Springfield, Massachusetts a 10 de junio de 1999

Mi amada Martha,

Si has encontrado esta carta seguramente ya sabrás que estoy muerto, sabe que contiene una confesión muy dolorosa la cual debí hacerte hace muchos años, ahora ya es demasiado tarde, pero quiero que sepas no fui un escritor común y corriente, Cada vez que me sentaba frente al computador a escribir mis relatos terroríficos terminaba siempre con un sentimiento de culpa tan profundo como los avernos, luego de terminar otra maldita historia de horror me quedaba siempre una sensación extrañamente nauseabunda que invadía mi ser como un inmundo torrente de suciedad que contamina cuanta cosa entra en contacto con él, creo tal vez no pueda quejarme de mi situación después de todo, gracias a ese maldito don pude amasar una fortuna con la que muchos apenas podrían soñar y la cual ahora te pertenece, sin embargo lo pague caro cada día de mi vida, me sentía miserable aun teniendo toda las riquezas del mundo en mi poder y hasta ahora estoy lamentando el haber hecho ese trato; No le vendí mi alma al diablo si lo pensaste, aunque francamente la cosa casi me salió igual, si hubiera sabido en ese momento todo el sufrimiento que tendría en el futuro y que también a otros les traería estoy seguro de no haber aceptado para nada dicho trato.

Hace diez años o quizá un poco más de tiempo tuve un accidente de tráfico en mi ciudad natal, esa tarde conducía de regreso del sitio donde trabajaba en aquel entonces a casa de mis padres cuando un camión embistió mi automóvil por atrás, recuerdo que aquella mole de acero aplastó mi auto contra las vallas de contención empujándolo por varios metros, cuando finalmente aquello acabó el conductor del camión huyó dejándome convertido en una piltrafa, mi cuerpo quedo tan maltrecho que incluso yo mismo pude verlo hecho pedazos, yo morí por primera vez aquella ocasión, estaba de pie junto a mi propio cadáver prácticamente despedazado por el accidente; en ese momento fue cuando lo vi por primera vez, había oído hablar de un espectro macabro a cargo de llevarse las almas de la tierra y ahí estaba en ese preciso instante junto a mí, con la guadaña entre sus nudosas manos, yo pensé que me llevaría igual como lo hace con otros, sin embargo en ese preciso instante fue cuando me ofreció un trato, al cual según él no podría negarme, sobre todo por la situación en la que me hallaba en ese momento incapaz de hacer algo en mi propia defensa, ni siquiera estaba seguro de si debía enredarme con él, pero acabe haciéndolo.

En cuanto le dije que aceptaba, él desprendió uno de sus huesos y me lo dio, mientras yo lo tuviese conmigo, mi cabeza estaría siempre llena de visiones dantescas, nunca me faltaría la creatividad ni las palabras para describir las más aterradoras escenas que una mente humana pudiese concebir ¡Claro! Dichas imágenes no eran humanas para nada sino que venían de un lugar inimaginable, fue así como me convertí en el escritor de destinos para la generación en la cual me tocó vivir ¿Qué se supone que es un escritor de destinos? Eso ya lo descubrirás mientras lees y fue gracias a ese trato impío como me hice de mucho dinero en pocos años, mis libros abarrotaron todas las tiendas y siempre se vendían como pan caliente, incluso la gente se formaba desde muy tempranas horas afuera de las librerías para ser los primeros en comprar mi mas reciente libro ¡y todavía querían más! Por esos años jamás me paso por la cabeza reflexionar el porqué acepte formar parte de aquello, se veía todo demasiado bueno como para que pudiese haber algún truco por parte del tipo de la guadaña, sin embargo, comencé a tener dudas del porque hice aquel trato, con el paso del tiempo empezaron a surgir preguntas como ¿Qué ganaría la parca con ese trato? Aparentemente era solamente yo quien estaba beneficiándose de todo aquello: Había sanado inexplicablemente, estaba volviéndome inmensamente rico, solo yo estaba sacándole provecho a la situación o al menos eso era lo que pensaba.

Mis preguntas durante mucho tiempo siguieron sin respuesta, pensé que debía continuar con mi vida puesto que quizá el éxito de mis libros no eran producto de ningún pacto y tal vez dicho pacto jamás ocurrió, pudo solo ser una de aquellas alucinaciones que mucha gente cuenta cuando ha estado a punto de morir como por ejemplo el túnel de luz y todo eso ¡qué lejos estaba de la realidad! Cada vez que veía ese huesillo que me dio la parca cuando supuestamente yo había fallecido me daba cuenta de lo equivocado que estaba. Me tomo años descubrirlo pero finalmente, tuve razón siempre, todo el éxito de mis libros era solo una recompensa por un servicio que le presté al tipo de la guadaña sin darme cuenta por todo ese tiempo, hasta que llegó el desgraciado día en el cual descubrí lo que realmente sucedía con ese trato. Recuerdo que una ocasión había escrito un cuento para mi próximo libro, en el cual llevaba meses trabajando intensamente, deseaba realmente convertirlo en una obra cúspide, lo mejor jamás creado en toda mi carrera como escritor, aquel cuento trataba de una mujer la cual era secuestrada por el dueño de un hostal el cual tenía la extraña afición de convertir a las bellas damas que se hospedaban en aquel sitio en estatuas de cera estando aun vivas, esa mujer había sido la primera en escapar luego de hacer que un crisol lleno de cera hirviente cayera encima del maniático propietario del hostal dándole una dolorosa muerte, aquella historia solo era una de doscientas que tenía contemplado incluir en mi próximo libro, sin embargo, un día fui a comprar los víveres al supermercado, algo raro en mi puesto que prefería quedarme sentando frente a mi computadora escribiendo las visiones de pesadilla en mi cabeza en vez de tener cuidado por cosas tan inútiles como ir por la despensa, normalmente mi ama de llaves era quien realizaba esas labores, pero como estaba cansado de tanto escribir por un día, decidí salir a distraerme, mucha gente seguro no podría reconocerme si me veían en la calle, cosa que no sucede con otros artistas como los cantantes o los actores de la televisión. Mientras estaba en la fila de la caja registradora, vi un pequeño estante con los periódicos del día, la verdad casi nunca compro el diario sin embargo esa vez hice una excepción debido a una noticia en primera plana que llamó mi atención casi de inmediato que la vi, el pueblo donde vivía era un lugar donde casi nunca pasaban cosas “interesantes” por no saber cómo llamarlas, por eso me gustaba vivir ahí, aunque al parecer esa ocasión las reglas habían cambiado y finalmente sucedió algo que sinceramente me sorprendió mucho.

Una vez en casa llevé el diario a mi estudio y leí la noticia de la primera plana. Jamás había pensado que pudiese haber ocurrido algo en la vida real tan parecido a mis cuentos, esa nota del diario narraba exactamente los mismos acontecimientos que yo había recién escrito: una mujer fue secuestrada en un hostal del pueblo por el propietario del negocio para convertirla en una estatua de cera como a muchas otras les había hecho, antes hubiese pensado que se trataba solo de una casualidad muy extraña, sin embargo, ya en el pasado tenía mis dudas acerca mi talento supuestamente sobrenatural para escribir esas historias y eso me hizo correr a la biblioteca en busca de periódicos antiguos para localizar mas notas que se parecieran en algo a mis cuentos, al menos estaría tranquilo si no existían más coincidencias y todo aquello seria solamente una coincidencia bastante alocada. Durante cuatro meses fui a la biblioteca diariamente y realmente me quedé petrificado ante la desagradable sorpresa de ser yo el autor de los más extraños casos y asesinatos ocurridos no solo en mi pueblo sino en muchos lugares alrededor del mundo, todo lo que había escrito en mis libros aconteció en la vida real, eso quizá podría ser algo que cualquier productor hollywoodenses habría usado de argumento para una película de ínfima categoría, lo irónico ahora es que yo mismo estaba siendo víctima de algún guionista demente y de seguro no muy creativo.

A partir del momento en el cual descubrí el efecto que producían mis historias en la vida real decidí dejar de escribir más libros, siendo sincero, me causaba temor la sola idea de tener el destino de todas las personas del mundo en mis manos, el hecho de ser alguien con el poder de trazar la suerte de otros con solo escribir lo que quiera es un poder con el cual es difícil tener que lidiar, más bien resulta imposible de asimilar, incluso llegue a preguntarme si en el pasado hubo individuos como yo, algún otro que haya compartido esta misma suerte ingrata, quizá, solo tal vez, pienso que los grandes maestros de la literatura de horror también tuvieron que lidiar con esto, es probable que en otras generaciones también existió lo que me ha dado por llamar “escritores de destinos”, como yo lo soy ahora y desgraciadamente tras arduas investigaciones llegue a descubrir que al menos los últimos doscientos años han habido al menos cuatro personas que cargaron el mismo estigma, un poder otorgado por un ente de ultratumba con el cual su poseedor sería capaz de regir el destino del mundo con solo plasmar unas pocas letras en papel o en un computador como fue mi caso, ahora solo me restaba decidir lo que debería suceder a partir de ese instante, las cosas no eran fáciles ¿Qué pasaría si alguien más descubriera lo que soy capaz de hacer? ¿Las autoridades me darían caza como un sabueso a su presa? El sentimiento de culpa por haber matado a tantas personas al escribir mis cuentos era inmenso, al principio pensaba que solo se trataba de personajes ficticios pero al final estos resultaron ser gente real que sin duda tuvo familia y amigos, gente que no merecía morir de ese modo y a la gran mayoría yo les di un final aciago.

Finalmente un buen día, decidí que ya era hora de tomar este asunto por las riendas, hice llamar al notario para escribir mi última voluntad, como en aquel entonces no tenía ni amigos ni familiares, decidí repartir mis propiedades entre mis empleados domésticos, las regalías de mis libros, guiones de cine, seguro de vida y otras cosas las puse a tu nombre, eras mi ama de llaves por aquel entonces, a pesar de tu ser una mujer muy joven siempre resultaste una empleada eficiente y también una excelente amante (por favor no te ofendas por esto); para que todo aquello fuese posible, nos casamos en secreto, no solo por ser mi amante o para cubrir apariencia sino que realmente había llegado a estar enamorado locamente de ti, jamás me arrepentí de tomar esa iniciativa con todo y que fui duramente criticado por los que supieron la noticia, si no me hubiese casado contigo no podría heredarte mi fortuna personal. Para no despertar sospechas en contra de mi flamante esposa por mi muerte, trate de no acabar con mi propia existencia por lo menos durante un año, sin embargo, todo ese tiempo una sensación malsana dentro de mí se gestaba como un parasito, ¡necesitaba seguir escribiendo esas malditas historias! Cada día que pasaba me resultaba más difícil contenerme, me sentía realmente muy enfermo, como un adicto apartado de su droga por un largo periodo, mi computador parecía estarme llamando silenciosamente desde su lugar en el escritorio de mi estudio en la planta de arriba, mis dedos podían sentir la suave presión contra las teclas aun sin estar frente al teclado, la desesperación estaba volviéndome loco, me desgastaba por dentro hasta que un día terminé por ceder a ese impulso maligno, debía escribir una historia nueva si no quería enloquecer por causa de mi maldito deseo, imágenes de pesadilla venían a mi mente como ya era costumbre gracias al perverso don que recibí hace diez años, en esta ocasión mi esposa debía ser la protagonista de mi mas reciente creación literaria. Cuando estaba ya frente a mi computador listo para comenzar el trabajo, se me ocurrió algo que quizá podría funcionar, o al menos yo esperaba que sucediese algo distinto esta vez, así pues di comienzo a la escritura de un cuento tan espeluznante que aun yo mismo tendría pesadillas después de leerlo, una joya de la literatura en definitiva.

Comencé a escribir mi nuevo cuento tan ávidamente como si acabara de hallar un manantial luego de andar extraviado en el desierto, los golpes de las teclas retumbaban sonoros en el vacio de mi alcoba como el monzón cayendo sobre un vivero, mi esposa en esos momentos iba saliendo de casa en compañía de la nueva ama de llaves que contrate para reemplazarla, el jardinero estaba durmiendo la siesta bajo un árbol en el extremo sur de nuestra propiedad, mientras escribía el cuento no me percate de una fuga en la calefacción, como nadie la usaba en verano, el gas estaba escapándose a chorros por un tubo roto en alguna parte de mi recamara, el combustible fugado me hizo efecto en cuanto se saturó todo el sitio con él, mi boca tenía un sabor dulzón y comencé a sentirme adormilado, mis planes iban sobre ruedas, las cosas estaban saliendo tal y como las había planeado, apenas puedo mantener los ojos abiertos, pero debo continuar escribiendo hasta el final, un destino más debía ser escrito en ese momento; mi esposa noto que su automóvil tenía un neumático desinflado cuando salió del supermercado, así que llamo por su teléfono celular al jardinero para que le ayudase, la casa ahora se ha quedado sola, únicamente yo permanecí en ella tal como lo tenía planeado mientras mi alcoba sigue llenándose del gas inflamable a cada momento, siento debilidad en todos los miembros de mi cuerpo, mas he de permanecer aquí frente a mi computador; el jardinero finalmente llega donde mi esposa y el ama de llaves, las tuercas que sujetan el neumático están demasiado apretadas tanto que hasta nuestro fornido empleado está pasando un mal rato con ellas para solamente aflojarlas mientras en casa, un imperceptible chasquido eléctrico proveniente del cableado en mi recamara encendió el combustible que fue llenándola lentamente durante horas, el fuego se alzo encima de mi residencia formando una gran columna incandescente, a lo lejos la llama era como una flor abriéndose a la primavera, mi esposa grita horrorizada pues ha visto el gran fuego saliendo de donde su marido estaba.

Así fue como acabo mi carrera en el difícil arte de las letras, de la misma forma en que acabó mi vida en este miserable mundo, después de ser un escritor afamado un trágico accidente domestico me arrebata la vida una tarde a mediados del mes de Junio, las llamas del incendio consumieron la vivienda por entero conmigo adentro. Debo decir que cuando vi el resplandor del fuego pude sentir un gran alivio al saber que nadie más hallaría un destino trágico por mi culpa ni por las historias que yo escriba, siendo un escritor del destino era mi deber averiguar si yo mismo podría escribir un final propicio para mi propia existencia y finalmente pude darme cuenta que no hay reglas en este juego, así como podría escribir el destino de otros también tenía la capacidad para crearme un final propio a mi manera, así pues elegí morir como una víctima de mis propios relatos y dejarle a mi esposa este impreso con la verdad acerca de mi persona, seguramente nunca sospecho de donde pudo venirle tanto talento a un bueno para nada como yo, no podría ser más que por medio de pactos malignos con seres de ultratumba. Mi última voluntad ya fue dictada y espero la respetes como la he dado a conocer ya, el notario de la calle Chestnut, a quien tu ya conoces tiene los documentos necesarios en orden y las instrucciones para darme la sepultura que merezco, además que anexo a este documento hallaras también los números de cuenta de mis ahorros y toda la papelería que necesites para cobrar el seguro de vida del cual eres beneficiaria. No quiero que se culpe a nadie por mi muerte, yo mismo terminé con mi propia existencia usando esas mismas facultades que les arrancaron a otros la vida.

Amada mía, no me juzgues por lo que realmente soy sino por lo que signifique para ti

Con amor, Luis

Los amados muertos por Howard Phillips Lovecraft y C. M. EDY

Posted in C.M. Eddy, Howar Phillips Lovecraft on junio 29, 2009 by ultimatejuggernaut

Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.

Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud – terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.

De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante… ¡Porque la presencia de la muerte es vida para mí!
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y “vieja” porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.

Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había sido quemado en la hoguera por nigromante.

De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.

Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.

Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja torácica.

Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién descubierta.

Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún exótico elixir… alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.

Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en penitente soledad.

Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.

Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.

El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.

También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.

Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande – con mucho – que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.

Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.

La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran dormir en los establecimientos… porque ya la proximidad de la muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.

Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.

Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación… aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes de la ciudad.

Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.

Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres – donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos – abandonaría sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer placer tenía lugar…¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!

Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba…¡los muertos que me daban vida!

Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual… llegó para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis salaces sueños.

Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi potencial locura…resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.

Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta un crematorio… cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.

Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado… nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia…mortales explosiones de histéricas granadas…el monótono silbido de balas sardónicas…humeantes frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)… letales humaredas de gases venenosos… grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados… cuatro años de trascendente satisfacción.

En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.

Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y un “Sucesor de” sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.

Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata recolocación.

Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus enmarañados pliegues…¡nada!

Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes tentáculos y me obligaba a proseguir.

Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás… no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.

Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.

Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.

Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.

El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.

Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.

Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el niño – ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta…

Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además, por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad…

las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución… el distante ladrido de los sabuesos.

Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la dirección de mi último baluarte.

¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!

Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!

¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás, pero mejor – mucho mejor – que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por qué hice lo que hice.

¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está asegurada… cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas… hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en descomposición… dedos espectrales me llaman por señas… etéreos fragmentos de melodías no escritas en celestial crescendo… distantes estrellas danzan embriagadoramente en demoníaco acompañamiento… un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro… fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla… abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma… no puedo… escribir… más…

(1) un río de fuego, uno de los cinco que existen en el Hades